¿Por qué este nombre?

Porque El PUERTO DE BRAÑA representa de donde venimos, lo que somos y sentimos, y sobre todo hacia donde nos dirigimos.

El de Braña  es el puerto de montaña situado en la vertiente asturiana del Puerto San Isidro. Pertenece al concejo de Aller, y está compuesto por muchas majadas (mayaos) o brañas. 

Allí tenemos una cabaña, que ya nuestros antepasados utilizaban mientras atendían al ganado en la época estival. Allí pastaban las vacas a casi 2.000 metros de altitud, en la falda del Picu Torres, con absoluta libertad. Lo seguimos haciendo igual ahora.

El sentimiento que me produce todo lo referente a este magnífico lugar del mundo es de un profundo arraigo. Allí todo sabe, huele y sienta mejor.

Desde pequeños salíamos de una casa normal con las comodidades propias de los 80 para instalarnos a sólo 11 km en una cabaña sin luz, sin agua, ni comodidad alguna pero que se compensaba de sobra con largas tertulias de muchos de los que habitábamos el «mayau de La Capilla» delante de las cabañas hasta la madrugada; cenas a la luz de un camping gas, salidas a la fuente con linternas  para tener agua de noche, recoger leña del monte todos los días para encender la chimenea, bañarnos en en el río… ser muy LIBRES desde muy pequeños. Ya entonces era nuestro paraíso.

La verdad es que yo viví allí unos veranos muy felices sin preocupación alguna pero mis ascendientes no lo tuvieron tan fácil

Mi abuelos paternos ya usaban la cabaña  de la que hoy disfrutamos nosotros; Mi padre subió SOLO por primera vez a atender al rebaño cuando aún no contaba con 9 años. El resto de la familia tenía que ir a la hierba, y la dificultad entonces en el transporte era enorme, así que en general todas las familias mandaban allí a los niños y a los «paisanos mayores». A los primeros porque no desenvolvían trabajo en los prados, y los segundos para aliviarles un poco el duro trabajo de la hierba en la vejez.

Así que a la fuerza, como un acuerdo tácito entre todos los moradores de los mayaos, los mayores ayudaban a los pequeños a atender al ganado (la mayoría de las veces vacas mucho mayores que los crios) y los niños les hacían los recados… traer agua, leña, bajar las vacas, limpiar las cuadras etc. La solidaridad entre vecinos era la norma. Una forma de vida.

Mis abuelos maternos tenían la cabaña al lado de mi padre. Era mi bisabuelo Carlos, haciéndose cargo allí de 4 de sus nietos pequeños quien más ayudaba a mi padre de niño. Por cercanía y por carácter, ya que de él dicen los de casa y los de fuera que era extraordinariamente bueno y colaborador.  Coincidencia o no, una de sus nietas, mi madre, terminó casándose con aquel niño de 9 años que ya era «vaquero», mi padre. De ellos he heredado ese amor incondicional por esa tierra.

 

Mi bisabuelo Carlos, y al fondo mi tio Fidel

En memoria de esos vaqueros, de la confraternidad que todos demostraban en esa época; de su manera de cuidar a los animales, que en la mayoría de las familias eran su único sustento. 

El Respeto  por el conocimiento de nuestros ancianos, que desde la más absoluta falta de escolarización eran sabios del tiempo, de los animales, de las plantas y en definitiva de todo lo relacionado con la supervivencia en condiciones realmente difíciles.

Reconocimiento  a una forma de vida en la que lo sencillo es lo importante; lo natural es lo que marca la diferencia. El regreso a la tradición y al «cuidado de todos entre todos«. Eso es EL SENTIR DE BRAÑA.